En Ahí les dejo esos fierros, obra publicada por Aguilar en el marco de la XXII Feria del Libro de Bogotá, Molano les da voz a dos personajes que nunca antes había abordado: el ideólogo, perteneciente a la clase media trabajadora y profesional, cuya lucha revolucionaria se gestó en las aulas universitarias a mediados del siglo XX, y el militante de los grupos paramilitares, producto de la división de la sociedad y la complejidad del conflicto colombiano.
Cuando la guerra se extingue en sus propios métodos, los medios empiezan a transformarse. Cuando las promesas se diluyen, las luchas se convierten en ficciones. Y cuando las armas comienzan a ser cada día más pesadas, se regresa a la búsqueda de la identidad sin ellas.
En Ahí les dejo esos fierros Alfredo Molano retrata seis historias de vida desgarradoras, historias de desmovilización, reencuentros y desarraigo; desde la contradicción de la selva hasta la soledad del despojo.
El autor les da voz a dos personajes que nunca antes había abordado: el ideólogo, perteneciente a la clase media trabajadora y profesional, cuya lucha revolucionaria se gestó en las aulas universitarias a mediados del siglo xx, y el militante de los grupos paramilitares, producto de la división de la sociedad y la complejidad del conflicto colombiano.
Un libro imprescindible para desentrañar los orígenes y las más profundas realidades y motivaciones de los distintos procesos de desmovilización y reincorporación a la vida civil, que han tenido y tienen lugar en Colombia.
A continuación, algunos extractos de los desgarradores testimonios de desmovilizados que Molano consigna en su más reciente obra:
De alias Desconfianza:
“A mí se me atravesó un conservador y lo cogí por la oreja hasta que la sangre que botaba me hizo resbalar los dedos y se me escapó. Ahí principié a cuajarme y a sentirme bueno para la acción. Para un miércoles de Ceniza bajamos a Cabrera. Había un comerciante rico que vendía la sal que necesitábamos para el ganado cada vez más cara. Nos dio rabia y ese día, después de misa, le saqueamos el almacén y nos llevamos todo. Así seguimos hasta cuando Laureano, que ya fue una guerra de muerte entre los dos partidos de siempre: unos mataban liberales y otros mataban conservadores. O sea, nos matábamos entre todos”.
“Trabajé dieciséis años organizando y encabezando grupos de la autodefensa. Llegué a tener 118 grupos con ochocientos y pico de hombres, preparándolos para el combate cuando dieran la orden, que la dieron varias veces. Cuando la cosa se puso negra, enviamos gente a Marquetalia”.
De doña Uca:
“La verdadera causa de tanta pelea era defender la tierra y la vida, que al final para nosotros era lo mismo. Todo comenzó entre liberales y conservadores. Nosotros éramos liberales. Cuando mataron a Jorge Eliécer Gaitán, mi papá dijo que los liberales teníamos que defendernos porque nos iban a acabar los godos.”
“Nosotros queríamos a la guerrilla porque nos defendía, a pesar de que la llamaran chusma. Al principio le temíamos, pero después la queríamos. Así me enamoré de Desconfianza. La guerrilla defendía lo que Erasmo Valencia había sembrado, la lucha por la tierra, que comenzó rebelándose contra la obligación de pagarles a los terratenientes dos o tres días de trabajo, a cuento de nada. Era una esclavitud. Fue la organización de Erasmo. Yo estaba muy pequeña, pero me acuerdo de los cachos que tocaban para llamar a las reuniones. Eran largos y torcidos. Esa pelea era por sobrevivir, y cuando mataron a Gaitán, que era liberal, se formó el zafarrancho. Comenzaron los conservadores, que eran los chulavitas, a perseguir a los liberales, que llamaban chusmeros. Mi papá era liberal y me decía que los conservadores no podían mandar porque la mayoría del país era liberal”.
De Tatiana:
“Allá, por primera vez me tocó demostrar que yo era quien era: me mandaron liquidar a una guerrilla que no había querido colaborar. La habían detectado haciendo una remesa en una cooperativa que era nuestra, pero que nadie sabía. La siguieron y cuando ya tenía todo organizadito y se montaba al carro, le caímos. No supo qué decir ni qué explicar. Temblaba. Se le bregó: ¿que de dónde era, que para dónde iba, que quién era su mando? Pero ella se ranchó. Ni lloraba. Miraba al suelo y por más amenazas, gritos y golpes, nada dijo. Entonces Libardo dio la orden: «Al piso. Llévenla al quebradero». Él era así, decía lo que tenía que decir en plata blanca. Y al quebradero la estábamos llevando cuando, mirándome con esa mirada de diablo que tenía, me dijo: «Aprenda usted a hacerlo. Mire a ver cómo hace, pero cuando yo vuelva a verla, que sea cuando esté ya aprendidita». A mí se me heló la sangre. No quise, por mujer que éramos ella y yo, dejarla tocar de arma blanca. Yo misma le disElla no la movió. Estaba amarrada para que en el momento de disparar no se pudiera errar el tiro y arrodillada para que a uno le quedara la cabeza a la altura de la cintura. Pero así la despedimos porque, como decía Libardo, había que hacerla ir humillada”.
De Darcy:
“Si no fuera superbacano andar con los paras, era mejor andar con la guerrilla. Cuando una se acostumbra a andar armada, estar sin armas es como posar desnuda. Uno se aguanta mucho por ellas. En la guerrilla, a una, si bien le va, le dan un camuflado cada año, un par de cachetones, y de vez en cuando un champú. Es el único lujo de una guerrillera: andar con el cabello brillante y bonito. Con las autodefensas nada falta. O por lo menos a mí nada me faltó en los años que estuve con ellos. Ingresada cumplí los dieciséis años y el mando me lo celebró en Tarazá con todos los muchachos. Fui muy agasajada (…)Pero eso de mochar cabezas y jugar fútbol con ellas no es cierto, yo no lo vi nunca. Eso tan horrible no lo vi. En las autodefensas pican al hombre que toque, tan-tan-tan, al hueco y listo: quedó muerto. Hubo, sí, un mando al que la guerrilla le había matado un pariente. En un operativo cayó un guerrero de las farc. A ese sí le dieron una matada refea. Ni rezando se me quitó el miedo de haber visto lo que vi. Lo amarraron en el suelo, le dieron pata hasta dejarlo hecho un costal con huesos, el mando le pasaba el machete por las piernas cortando en carne viva, después por los brazos y le preguntaba: «¿Le duele? ¿Le duele? ¡Soomalparido!» Después por la cara: sin nariz, sin labios, sin orejas. Y el hombre vivo: la carne saltaba sola”.
Alfredo Molano es escritor, cronista, investigador y sociólogo. Columnista del diario El Espectador desde 1995. Colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Conferencista y profesor invitado en universidades colombianas y extranjeras sobre temas relacionados con la historia del conflicto en Colombia. Ganó el Premio de Periodismo Simón Bolívar en 1993 al mejor reportaje en televisión con «Chenche: La Fuerza de la Tierra», de la serie documental «Travesías». Entre sus libros se encuentran Del Llano llano (1996), Trochas y fusiles (1994), Siguiendo el corte (1989), Selva adentro (1987), Los años del tropel (1985), Desterrados (2001), Aguas arriba (1990), todos estos en Punto de Lectura; además de La tierra del caimán (Aguilar, 2006), Espaldas mojadas: historias de maquilas, coyotes y aduanas (2005), Penas y cadenas (2004), Apaporis: viaje a la última selva (2002), Rebusque mayor (1997), El tapón del Darién (1997), Así mismo (1993) y La colonización de la reserva de La Macarena (1989); la mayoría de ellos basados en la realidad de las zonas excluidas del país.